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Como en el resto de la ciudad de México, la festividad del 1° y 2 de noviembre, la festividad ha tendido a mezclarse con el Halloween, en un sincretismo fabuloso.

Por ello, entre la iconografía de estos días, podemos ver conviviendo a una Catrina de José Guadalupe Posada junto a una bruja con sombrero, gato y escoba. Este sincretismo nos muestra la vitalidad de la festividad del día de Muertos en México, que es capaz de asimilar los símbolos de una fiesta importada sin mayor complicación.

A pesar de ello, hay algunos núcleos donde la fiesta se celebra de una manera más ortodoxa, de acuerdo con el canon popular tradicional.

El más importante de ellos es el pueblo de San Lorenzo Tezonco, donde toda la semana anterior al Día de Muertos se pone un tianguis de dimensiones considerables (desde la Plaza del Pueblo hasta la avenida de las Torres, por las calles de San Lorenzo y Candelabro), en donde se pueden conseguir cirios y candelabros; frutas rituales (guayaba, tejocote, naranja, mandarina, caña de azúcar); pan de muerto con forma de flor y de muñecos (estos de color blanco o rojo, según sea para muertos chiquitos o grandes), que traen de las panaderías del pueblo, del estado de Puebla o Tlaxcala calaveritas y otros dulces de la temporada; flores de muertos (cempasúchil, pata de león, nube, flor de perrito, nardos), que muchas veces son cosechadas en las áreas rurales del Distrito Federal…

Además, en tanto que Iztapalapa posee dos de los panteones más grandes de la Ciudad de México (San Nicolás Tolentino y San Lorenzo Tezonco), se convierte en destino de miles de personas que acuden a las tumbas de sus seres queridos a llevar serenata, flores, a limpiar las lápidas…